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Lluvia de Estrellas escrita por A.F.T.F
A.M.T.C. (LLUVIA DE ESTRELLAS)
Este cuento es para ti, pedacito de cielo hecho nena. A.M.T.C.
Esta vida está dedicada a ti, mi mujercita amada. S.L.C.P.
***
Te conocí bajo el malecón, en los estacionamientos subterráneos, A.M. Entonces te admiré por primera vez, sin saberlo, en los ojos de tu madre, que eran negros como ónices, pero más relucientes. Negros, como camafeos, y más profundos que los suelos del océano. Los ojos de tu madre, mi querida A.M., merecen un cuento, una novela aparte.
Ella y yo, que tuvimos (y tenemos, te digo con certeza) un vínculo más fuerte que el de la sangre, caminábamos una tarde, observando el río arrastrar sirenas muertas, barcos hundidos, el tiempo mismo que se nos escurre de las manos como granos de arena.
Conversábamos, como en otras tantas ocasiones, del sentimiento que nos unía, cosa que hicimos mil veces, de la forma más redundante, supongo yo porque este sentimiento era tan intenso, tan abrumador, que nos desbordaba por completo y no lo podíamos asimilar. Recuerdo nítidamente las lágrimas caer de las comisuras de los ojos de Popelina (pensarás, con justa razón, que soy un truhán, por haberlas provocado), y sentir en mi pecho un dolor que floreció de manera inolvidable, convirtiéndose en el amor que tengo por ustedes dos.
Al comienzo yo dudaba, fiel a mi carácter indeciso; pero ese día, el día de las lágrimas, cuando ya regresábamos al lugar donde tu madre y yo laborábamos, una súbita determinación se apoderó de mí. Un anhelo de cuidar de quien, a su vez, ejerce por ahora como tu guardiana.
Creo que hubo un factor sorpresivo que rigió permanentemente nuestra relación con Popelina como cariñosamente le llamaba, un elemento nuevo en cada día, que nos dejaba perplejos a ambos. Tu advenimiento que en percepción de tu mamá iba a provocar mi negación definitiva, fue lo que sembró en mi pecho la mayor de las certidumbres. Y, para expresarlo en términos sencillos, creció mi adoración al igual que las células en tu cuerpo, todo producto de un milagro asombroso. Maravilloso...
Nuestra historia de amor, antes del paseo en Malecón que inaugura mi relato, comenzó oficialmente en un viaje a Playas, cuando ya sentíamos un gusto recíproco. Huimos del tedio de la oficina, instalándonos en ese curioso rincón del océano, por apenas unas cuantas horas. Debo señalar que dos elementos fundamentales de mi idilio con Popelinita (S.L.C.P), tuvieron su alumbramiento en el pueblo de Villamil. Uno* de ellos fue el poema que escribí ese día, llamado "Mírame con tus ojos negros". El otro fue el episodio de la piscina de sal, que algún día te contará tu madre, y que, creo sinceramente, le tocó en su corazón.
Tiempo después, viajamos a la capital, casi sin pensarlo, cuando aún era verano. ¿Sabías que estuviste a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, teniendo apenas un mesecito de navegar por ese pródigo vientre que aún te alberga con abnegación? El teleférico nos exhibía Quito en toda su magnitud, bella y caótica como el óleo en llamas de Guayasamín; en la cima, estuvimos en una capilla, tomándonos fotos y tratando de olvidar el frío que nos hacía estremecer hasta los huesos.
Ese día el cielo lloró, y caminamos bajo la lluvia serrana, pero el clima, aunque romántico, no estaba para bailar al estilo de Gene Kelly. Comimos hasta la saciedad, eso sí, y nos regocijamos en nuestra mutua compañía, lo que siempre hicimos con absoluta sinceridad y entrega. Cuando nos amamos, A.M, fue igual. Todo lo que hicimos Popelina y yo, tuvo el vestido del desinterés, porque nuestro cariño no reparaba en nimiedades. Si algo puede enseñarte el suscrito, que no es nadie, es que la integridad es el primer y único patrimonio de los seres humanos. El resto no existe; no sirve para nada.
En el bagaje de mis memorias, el día en que me fundí en el cuerpo de tu madre, absorbido por sus pupilas delirantes, fue uno de los mejores y más indelebles de mi vida. Mermado por la gripe, S.C. me devolvió la vitalidad no solamente aquella tarde, pues, me dio un deseo enorme de batallar, un sentido de propósito indescriptible. Todos tenemos una dualidad, princesa querida, y comprendí que tu madre y yo éramos las dos caras de una misma moneda; atados por el mismo destino, sometidos al azar, girando al igual que nuestro planeta.
También hubo peleas terribles, que dejaron magulladuras en nuestro espíritu. Nuestro mayor desencuentro fue un mes de octubre, en un escenario de rosas sangrantes, cuando nos dijimos uno de muchos adioses. Esa noche fui presidiario del insomnio. Con mi corazón en ascuas, al día siguiente, escribí indecibles barbaridades en contra de tu madre, las que únicamente me colmaron de remordimiento. Tuvimos un enfrentamiento que terminó por pulverizar la coraza de mis emociones. Al final, solo pude admitir -de esto me enorgullezco hasta el día de hoy- que la amé, y que la amo con una hermosa sensación de temblor de entrañas, de lágrimas de felicidad. No puedo explicarte cuánto la quiero a ella.
A los pocos días de haber atado esos cabos sueltos, hicimos un viaje a la península. No era la primera vez que íbamos juntos, pero sí fue la vez primera que pernoctamos los dos. La acuarela sigue fresca en ese cuadro, mientras te escribo: almorzar juntos; sentarnos en una banca de la glorieta, junto a la iglesia de Chipipe, en una actitud ya no de nuestros años, y considerarnos los únicos seres humanos vivos a lo largo y ancho de la Tierra; besarnos con detenimiento, dejando lugar para nutrirnos el uno al otro; hollar la arena humedecida por el mar con nuestros pies descalzos; ir al cine; cantarnos devotamente; dormir juntos y estrechar esa barriguita donde tú, pasajeramente, deberás transitar cincuenta días más.
Sobre eso de ir al cine, quisiera dejarte esta pequeña anécdota que redacté tras una aventura con tu madre.
"Cuando salieron del cine, pensó en ella, en lo mucho que la amaba. Pensó que no importaba (jamás importaría) el hecho de que la película fuera mala, o la comida insípida, o las condiciones incómodas, porque ella era la solución a todas esas insignificancias. Ella era lo único. Lo primordial. Su principio y su final.
Mientras caminaban por el centro comercial, esquivando a las gentes que iban y venían, meditó sobre lo que acontecía entre los dos. Tuvo una iluminada, afortunada conclusión. Junto a él andaba el amor de su vida. Entonces sintió temor (Guayaquil es una ciudad insegura), como si hubiese retirado una fuerte suma de dinero del banco, pues, lo aterraba la idea de perderlo todo.
Esto no se contabilizaba en millones, en estrellas, en joyas. El valor de su ratoncita, como él cariñosamente le tildaba, trascendía todas las fronteras conocidas. No había riesgo que no valiese la pena tomar por ella. Estaba ahí (no solo físicamente), marcada en sus entrañas, dibujando códigos en sus manos que no se borrarían nunca y que solo los dos serían capaces de comprender.
Dieron las diez de la noche, mientras cruzaban el umbral de la puerta del mall. Él le pasó el brazo por el talle, para acariciar así mismo a una princesa que dormía en el lejano reino de su vientre (¿La conoces acaso? ¿Puedes verla en el espejo de tus sueños, cuando peinas una larguísima e invisible cabellera?). La hizo reír, recordando exageradamente una escena de la película. Subieron al auto y marcharon a toda prisa.
El mundo estaba al revés; pronto cayeron en cuenta de que arribarían al puerto. Fue un reflejo del subconsciente, escapar de sus casas que en realidad no eran hogares. Era hogar el sitio donde sus almas convergían. Donde podían tomarse de las manos, besarse los ojos, desvestirse con calma, amarse hasta quedarse sin oxígeno en los pulmones.
Siempre regresan al mismo lugar donde empezó todo. Él no quiere pensar que pudiera ser un mal sueño. Se siente incomprendido pero sabe que cuenta con ella. Y. por ella, tiene todo el deseo, toda la voluntad (incólume, quisiera gritar) de dejarse la vida en el camino. Ya no sabe cómo vivir en su ausencia. Ya está convencido de que ella es todo su patrimonio.
Por eso, en cualquier momento, siente que un arrebato le impulsará a llevársela, de pleno derecho, y gritarle a los cuatro vientos que la adora sin reparar en las consecuencias. Estaban destinados, ¿no es así? No porque lo hubiera dicho una adivina. Esto era algo de Dios, y por tanto no podía haber ningún mal en su romance. Ella era un regalo del mismo Señor."
Luego están los detalles, toda vez que el alma se alimenta de ellos. Cada detalle contribuye al andamio de la felicidad, como almorzar juntos, intercambiar una palabra de afecto, abrazar con un ímpetu sincero, salir a pasear o planificar un viaje, hacer un obsequio, entre otras actividades, por manidas que suenen. Necesitan las personas de ciertas liturgias para matizar su vida.
Una tarde nos trasladamos a un escenario bucólico. Por petición mía, tu madre tenía vendados sus ojos, y aunque criminosa era tal obstrucción de la bella mirada, lo hice de buena fe, para darle una sorpresa de amor. Llegamos a una vieja posada, donde los perros hacían las veces de cancerberos. Caminando, cogidos de la mano, fui guiándola a S.L.C.P en su ceguera momentánea, le pedí que se sentara, y puse alrededor de su cuello una perla que no eclipsaba en lo más mínimo su hermosura. Entonces abrió los dos soles, cuyas pupilas brillaron con más intensidad de la que soy capaz de recordar, nos vimos tiernamente, acto seguido, nos amamos de igual manera.
¿Verdad que suena bien? ¿No es cierto que carece de sentido el que no haya habido una anterior concreción para esta historia de amor? Aún a pesar de las circunstancias, esa relación fue de una nobleza sin igual, más bella incluso que la de la Dama del Perrito y el desencantado Gurov1. Pero los adultos, sobre todo quien te escribe en este momento con adoración, solemos complicarnos en las situaciones más simples. Por pura idiotez, por mera confusión -la verdad es que no tengo otra excusa-. En todo caso, para no desviarme de lo principal, quiero expresarte lo más valioso e imperecedero que me quedó de tu mamita.
Esa eres tú, mi pequeña niña. Verte crecer hasta convertirte en el pequeño ser humano que eres hoy, ha sido el más grande privilegio que experimenté en este mundo terrenal. Siempre supe que ibas a ser mujer, una princesa, pues desciendes de una reina verdadera. Los doctores, quienes pueden dar testimonio de la emoción que me ha causado tu advenimiento, me dieron la razón en el cuarto mes, y desde entonces nos hemos preparado para recibirte. Tu madre te dará tu primer baño en la bañera azul de animalitos. Y, cuando salgas a pasear, anhelo que sea vistiendo el conjunto rosado que seleccioné para ti.
Tu viaje está programado para dentro de muy poco. Yo mismo siento náuseas, como quien está a bordo de un avión cuyo despegue fue turbulento, y las turbinas de mi vida giran sin parar, y a veces pierdo la brújula, pero tú estás incrustada en mi memoria, tú bombeas la sangre de mi corazón, tú le das vida a este cuerpo que a veces no puede (o no quiere) moverse por el anquilosamiento. Tú eres la repetición de un ser que para mí ha adquirido la dimensión de una deidad, por lo que últimamente creo que es cierto que llueven estrellas en esta superficie triste donde vivimos.
Olvídate pronto de París, y tráeme el rocío de los astros que tanto añoro. Prometo pagarte con el abrazo que hace meses tengo pensado darte, pero no te prometo una cosa: soltarte. Tal vez no te suelte jamás. No te sueltes tú de mi pecho, A. M. Y cuando seas adulta, y reclames con justicia tu independencia, al menos no me expulses de tu memoria, porque tu bandera estará clavada en el yermo de la mía para siempre. Nadie podrá reemplazarte.
Con todo mi amor, Tu padre.
***
| Fecha: 05/08/2015 | Autor: Karlina | E-mail: karlinazjhons@hotmail.com | Visitas: 640 |
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